A LABIOS COCIDOS
Las risas de mis hermanos quiebran el mágico e hipnótico silencio de la noche, sonrisas y alegría. Aquellas características de mi niñez que quizás sea común entre familiares que se tienen confianza. Si pudiera colarme en la habitación, desapercibida, y sentarme en una de las camas para presenciar de manera vívida como se divierten con aquel apasionante y enigmático juego llamado Mario Kart.
Pero la realidad es más complicada que entrar porque hace días que quiero. Los tres hermanos que me acompañan en esta monótona y vacía vida tienen una relación de cariño. Se abrazan y besan, tienen conversaciones intensas y entusiasmadas, se relajan jugando juntos. Pero entre ellos y yo solo hay una relación de sangre, sana, acompañada por la cordialidad y amabilidad consecuente.
Imaginármelo se siente incómodo.
Acompañarlos en su sesión de juegos sería pactar con el diablo por mi propio suicidio. Los quiero, me quieren, pero no lo suficiente. Y a veces esa diferencia duele.
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